Radiografía de la vejé

Foto tomada de Wikipedia a modo de ilustración.

Mi abuela es el ser en este mundo que más he amado. Su muerte, aun hoy en día, después de treinta años, me resulta inaceptable. Yo le vi sufrir su propia transición natural y difícil. Me supongo que sentía, a lo mejor era, el equivalente a un rito de la pubertad: oscuro, aterrador, algo primitivo. Un intercambio emocional confuso entre viejo y joven.

Para 1961 nuestra familia vivía en el barrio de “Villa Juana”. Mi padre, un hombre que había trabajado durante algunos años en la “Dulcera Dominicana”, había quedado cesante, para entonces, se dedicaba a la sastrería.

Mi madre, la columna vertebral de la familia, fuerte y severa, se llama Victoriana, y su apodo es (Nana). Ama de casa, lavando y planchando pudo educar a quien le suscribe, y mantener la pequeña familia.

Mis abuelos materno vivían en la ciudad de Baní, provincia Peravia, al sur de Santo Domingo, en un hermoso campo llamado “Arroyo Hondo”; en realidad me fascinaba estar allí, su casa estaba ubicada en un lugar envidiable a la orilla de la carretera principal que conduce a “Villa Fundación” y al “Palmar de Ocoa”; detrás de la casa podían observarse las escarpadas y enormes montañas de la Provincia de “San José de Ocoa”, y por la parte que daba a la puerta principal cruzando la carretera estaba el bosque seco, y el monte espinoso. Divisándose a lo lejos el azul intenso del mar de la Bahía de las Calderas (Salinas de Baní) donde hay un pequeño y arenoso desierto parecido al del “Sahara”

Allí pasé gran parte de mi infancia, correteando por el frondoso y espinoso monte, lleno de cambronales, cactus, guazábaras y bayahondas. Trepaba a un enorme árbol de bayahondas de extensas ramas que se encontraba entre la cocina y la casa de mi abuela. En las frías y estrelladas noches  las pasábamos, en algunas ocasiones, cargábamos latas de agua de la llave pública, o encumbrado con varios amigos en una descomunal roca que nunca supe como había llegado hasta allí.

Mi abuelo, un hombre suave, alto de poco pelo blanco fumaba tabaco; y mi abuela, una mujer, de pelo gris, bondadosa, pero de carácter fuerte.

Había cumplido ocho o nueve años y ella me permitía todo… jugaba durante largas horas. Nos cocinaba y hacía los mejores “jalaos” y jalea de batata.

Las cosas siguieron pasando igual durante varios años. Después mi tío tomó la decisión de mudarlos a Santo Domingo y vendió la casa a precio de “Vaca Muerta”.

Esta anciana de estirpe estaba pasando a ser una inofensiva mariposa. Sufriendo los cambios naturales de la edad avanzada.

Ya no había aquellos ricos y tiernos dulces. Se le había declarado la diabetes, presión alta, colesterol, etc., etc., por lo que tenía que ser internada en el hospital con frecuencia.

Mi madre dispuesta a cuidarla se fue, prácticamente a vivir a casa de mi tío “Francisco”-en un testimonio de su fuerza y determinación.

Yo, la visitaba continuamente tanto en la casa de mi tío, como en el hospital…en una de esas visitas la encontré dormitando, ya no hablaba, sabía que ya no hablaría más. Todos los acontecimientos habían sido tan rápidos y comprendí que mi abuela era una victima de la biología, de la vida misma.

Bastaron unos pocos días, hasta que finalmente mi abuela falleció. En el funeral me fue difícil mirar por última vez su cadáver.

“Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos descansamos”. Versos de Jorge Manrique.

Hoy, mi madre con 30 años más, es incapaz de controlar sus evacuaciones. Tiene el pelo blanco, desaliñado, presión alta, y un derrame cerebral en su cuenta. Amarrada, literalmente, a su mecedora. Casi ciega… allí sentada, sola moviendo sus manos hacia las figuras que imagina ver su difunto esposo, y una hija ya muerta hablando, quizás regañando a sus apariciones.

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2 pensamientos en “Radiografía de la vejé

  1. Que recuerdos tan bonitos guardas de tu infancia, y que nostálgicos los de tu abuela, que se ve que la has amado enormemente.
    Siento mucho que tu madre esté enferma, lo estarás pasando mal. No hace tres años aún, mi madree estaba así. Y cuando menos me lo espere estaré yo deseando descansar. A sí es la vida…
    Que certeros y bonitos los versos de Jorge Manriquez.

    Un fuerte abrazo.

  2. es una historia muy penosa la de abuela ,,lastima por nosotros sus nietos que ya no sacamos tiempo para dedicarle a ella, solo nos preocupamos por nuestros asuntos, cuando no nos damos cuenta de lo que pasa en realidad,,,,, todo era mas facil cuando eramos niños,,y me da tristeza saber que talvez pudieramos hacer algo ,,pero nos encerramos en nuestro mundoo…

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