La muerte la decide Dios


En el año 1992 conocí una agradable dama de nacionalidad argentina. Ella fue mi profesora durante 40 horas en un Curso-Taller de Ilustración Publicitaria. La fina señora había llegado a Santo Domingo procedente de la isla de Puerto Rico. Su esposo en su lecho de enfermo le había pedido que cuando muriera cremara sus despojos y lanzara las cenizas en el mar azul de una de las islas del Caribe… y así lo hizo en la isla del encanto.

Luego de permanecer varios meses, tal vez años, no lo se, trabajando en una reputada agencia publicitaria en Borinquén, se traslado a la isla de Santo Domingo.

Aquí también trabajó en varias agencias publicitarias de importancia e impartió cursos talleres en algunas universidades de prestigio.

Jamás volvió a la argentina y al correr de los años ha envejecido y perdido el sentido de  la visión. Un buen día llamó por teléfono a mi esposa y le dijo que se presentara lo más pronto posible en su casa.

Cuando mi esposa se presentó a su modesto apartamento, el cual quedaba en la parte céntrica de la ciudad de Santo Domingo, notó que había recogido algunas cosas de mucho valor para ella, algunos que otros utensilios de pintar, como acuarelas, un estuche de pintura pastel, tubos de pintura al oleo, un manojo de revistas de arte universal y un juego de enciclopedia de la historia del arte universal de diez tomo de la firma Grolier.

Entre conversaciones le dijo a mi compañera: quiero que te lleves estás cosas de las cuales me desprendo no con dolor, sino, con mucha alegría, por que se que tú y tu familia sabrán sacarles el mejor de los provechos, y yo no lo necesito más. Además ya me encuentro al borde del sepulcro. Ahora he decidido irme a un asilo a esperar allí el llamado del señor. Calculo que mi estancia en esta tierra es a lo máximo dos años. He ahí sobre la cama las únicas cosas que supongo necesitaré por ese tiempo, mientras señalaba algunos paquetes de jabón para el aseo, crema dental y ropas interiores  entre otras cosas.

Al cabo de unos meses volvió a llamar a mi consorte por teléfono a la agencia y le comunicaba que había encontrado muy buena compañía en el asilo que se encontraba muy feliz, y que sobre todo, había recuperado gran parte de su visión gracias a un auto-tratamiento a base de ajo. También había vuelto a dibujar y pintar.

Más de cinco años han pasado después que mí querida amiga la criolla de la ciudad de Gardel y el tango había tirado la toalla… es por eso que digo que: La muerte la decide Dios.

Un pensamiento en “La muerte la decide Dios

  1. Pienso que si que la decide Dios. Aunque, a veces, también pienso que influimos nosotros por nuestro estilo de ida y otros factores.
    La historia que cuentas es muy bonita.

    Un abrazo.

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