El arte de reducir cabezas

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Lo primero, cómo es natural es cercenar nuestras cabezas. Luego con un cuchillo nos hacen un corte desde la nuca al cuello, se tira la piel y se deprende del cráneo, desechando el cerebro (principalmente), los ojos y demás partes blandas, además de los huesos.

El siguiente paso consiste en meter la piel en agua hirviendo a la que se añade un poco de reforma constitucional a la medida, corrupción administrativa al gáñete, un buen chorro de fracaso de las EDE(S) y para que no se caiga el pelo “una dosis de préstamo FMI”.

Así mantienen nuestra cabeza sumergida durante cuatro años; ya que si lo hicieran más tiempo la cabeza podría ablandarse demasiado y posiblemente se pudriese.

Al final de ese tiempo, retiran la cabeza del agua, la que en ese momento ya es la mitad del tamaño original, y la ponen a secar con una intensa campaña publicitaria. Una vez seca, se raspa por dentro para quitar cualquier resto de ideas y evitar el mal olor y la putrefacción del  sistema carcelario y se frota por dentro y por fuera con aceite de BID y BM.

Después cosen el corte realizado en la nuca. También cosen los ojos y la boca, quedando la cabeza como ellos quieren como una bolsa, en la que se echan todos tipos de mentiras y engaños tan colosales como el costo del metro de santo domingo o el volumen equivalente al remozamiento del estadio quisqueya de “US $110 millones”. En este proceso la cabeza acaba por reducirse a su mínima expresión. (Shuar)

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